Politics
of the Hispanic Cyberspace: "Memory, Communication and
Future"
EL
MERCADO LITERARIO: EL REGRESO DE LA PALABRA ESCRITA
Sealtiel Alatriste
( Alfaguara Editores)
En el primer capítulo de su larga
novela, En busca del tiempo perdido, Marcel Proust dedica
diferentes momentos a mostrarnos las actividades en las que
sus personajes ocupan, precisamente, su tiempo. Entre ellas,
la de atender su correspondencia no era la menos importante.
En muchas ocasiones, como si fuera el telón de fondo
en que sucede la novela, se indica la hora en que la familia
se retira a sus habitaciones para contestar su correspondencia,
o el momento en que iban al correo a recoger las cartas del
día, o la emoción que se siente cuando algún
amigo entrañable contesta una misiva. En fin, el tiempo
que los personajes dedican a escribir es, quizá, tan
importante como el que emplean en leer. En la novela de Proust
todo el mundo pasa buena parte de su vida en contacto con
la palabra escrita, aunque al final, en ese prodigio que se
llama El tiempo recobrado, el narrador no se dé cuenta
de que, de la misma manera en que la electricidad, los tranvías
y todo lo que siga la modernidad marca el final de su época,
también el tiempo de la palabra escrita parecía
estar contado: el nuevo siglo, con su progreso, su bienestar,
y el imperio del confort, se encargaría paulatinamente
de que la escritura y la lectura no tuvieran cabida en la
vida cotidiana.
Entre otras muchas cosas, el fin de la belle
époque en la que vivió Proust está marcado
por el fin, no de la palabra escrita en sí misma, sino
de su función social, y aun el correo francés,
que tantos buenos servicios le prestara a esa sociedad, estaba
destinado a desaparecer, o a hacer un tanto superflua su función.
La llegada del teléfono como elemento central de la
comunicación sustituiría rápidamente
a la correspondencia diaria. ¿Para qué enviar
una nota en que se invita a alguien a una cena, si era más
fácil descolgar el aparatito y hacer la invitación
de viva voz? La palabra hablada sustituyó aceleradamente
a la escrita, y el tiempo que la gente dedicaba a contestar
su correspondencia fue sustituido por el que dedicaba a hablar
telefónicamente. Las facturas del correo fueron trasladadas
a las compañías telefónicas, y, como
digo, la escritura perdió buena parte de su función
social.
Me atrevería a decir, incluso, que
el siglo XIX terminó cuando los seres humanos no tuvieron,
ya, necesidad de comunicarse por escrito. No sólo en
la novela de Proust uno puede ver la necesidad que se tenía
de escribir, si se lee a cualquier novelista del siglo pasado
se notará el uso extensivo que los personajes hacen
de la escritura, el tiempo que le dedican y la importancia
que tiene en sus vidas. Aun para las situaciones nimias, escribir
era un buen salvoconducto. En El retrato de una dama, la novela
de Henry James, por ejemplo, Gilbert Osmod le dice a la heroína
que se retira a su estudio para contestar dos cartas importantes,
con la intención de indicarle que tiene grandes esperanzas
en una entrevista que ella sostendrá con Lord Warburton.
No hacen falta muchos ejemplos para constatar este hecho,
como no lo hace para asegurar que a lo largo de este siglo
se fue perdiendo el gusto y la necesidad por escribir. Hay
un cuento prodigioso, Enoch Soames, de Max Beerbohm, en que
el autor pronostica una suerte de fin de la palabra escrita,
cuando en un futuro no muy remoto la gente ya no sabrá
ni cómo se escribe, y la ortografía, como quiere
García Márquez, dejará de ser funcional.
En este contexto, nuestro siglo se ha encargado
de que la imagen sea el vehículo central de la comunicación.
La modernidad, a la que Proust temía tanto, se ha caracterizado
por el imperio de lo visual sobre lo escrito. No fue solamente
el éxito del cine, y más tarde, de su sucedáneo,
la televisión, los que marcan este triunfo de la imagen
sobre la palabra, sino la frase tan sobada en los años
cincuenta y sesenta: «Una imagen dice más que
mil palabras.» Obsérvese, como ejemplo, la evolución
de la publicidad en los primeros cuarenta años del
siglo, si al principio fue eminentemente verbal, y junto a
una pequeña imagen una leía verdaderas parrafadas,
en un momento dado el proceso se invierte y se convierte en
dominantemente visual, los grandes carteles espectaculares
o aun los anuncios de revistas y periódicos solamente
requieren de imágenes y una que otra palabra que en
la mayoría de los casos se reduce a la marca del producto:
los sloganes, los jingles, los mensajes, son sustituidos por
imágenes seductoras. En México, Salvador Novo,
uno de los grandes poetas de la lengua española, es
un prodigioso creador de mensajes publicitarios: «Mejor,
Mejora, Mejoral»; «De Sonora a Yucatán,
todos usan sombreros Tardán»; «Siga los
tres movimientos de FAB, remoje, exprima y tienda.»
No deja de ser curioso que su enorme capacidad de versificación,
quizá como no se había visto en un poeta de
nuestra lengua desde Quevedo o Lope, fuera usada en la creación
de esta suerte de jingles. Pero, como digo, el tiempo de la
palabra escrita estaba contado, y aun el ingenio de Novo empezó
a sonar «a viejo.» Faltaba muy poco para que no
se necesitara una frase para vender, digamos, un par de pantalones
vaqueros, sino simplemente la imagen desencantada de James
Dean, fumando un cigarrillo, enfundado en sus jeans azules
y su chamarra de nailon roja. A Novo lo sustituyó un
chico, casi iletrado, que era capaz de imaginar una imagen
convincente.
Mi generación, la del medio siglo,
creció en la creencia de que la palabra había
perdido su poder, que escribir cartas era una actividad de
diletantes o personas extravagantes, y que el teléfono
sería nuestro mejor y único medio de comunicación.
Aun la lectura perdió su poder seductor y para nosotros,
la imagen de Marylin Monroe sobre un respiradero del metro
fue el icono sexual por excelencia. No más madamas
Bovary, no más deseos a la sombra de las muchachas
en flor. ¿A quién le importaba, teniendo el
Playboy, leer novelas pornográficas? Aun Lolita, la
perversa adolescente creada por Nabokov, tuvo a Sue Lyon para
darnos la cruel imagen de su maldad literaria. Ni hablar,
la imagen se había hecho con el poder que muchos años
antes tuvo la palabra. Se pronosticó entonces el fin
del libro, de la correspondencia, y aun, se predijo que para
los años noventa la producción de papel bajaría
en todo el mundo. Los bosques se habían salvado aunque
los libros estuvieran condenados.
La situación, sin embargo, parece
haber derivado en su opuesto, y a pesar de las predicciones
catastróficas, nadie parece haberse dado cuenta de
que las computadoras iban a necesitar mucho más de
la palabra que de las imágenes y que en la batalla
comunicativa en que el lenguaje parecía tener todo
que perder, éste se erigió como un vencedor
contundente. Hoy día, una computadora se maneja con
muchas más palabras que imágenes, y aun los
tan llevados y traídos iconos de la Apple y Windows
funcionan como palabras (me refiero a palabras en el sentido
en que Roland Barthes las define: como una unión indisoluble
de significante visual y significado mental). Inclusive, la
misma publicidad ha vuelto a ser verbal. Nótese, por
ejemplo, la cantidad de mensajes escritos que tienen ahora
las campañas publicitarias, y que aun la propaganda
política ha vuelto a ser verbal. En los años
sesenta, dichas campañas se orientaron a mostrarnos
a los candidatos, a hacernos accesible su imagen, o a que
los prefiriéramos por la idea que de ellos, a través
de su imagen, nos habíamos hecho. ¿Cómo,
en este contexto, Richard Nixon iba a vencer a John Kennedy?
¿Quién podía preferir a un narigón
malcarado, al apuesto seductor de la amada Jacky? Sin embargo,
ahora, los candidatos necesitan, además de una imagen
convincente, una frase contundente. Lo diría de otra
forma: la imagen de un candidato es convincente si está
afirmada por una frase, de tal forma que el refrán
aquel de la fuerza de la imagen sobre las mil palabras, ha
caído en desuso, y hoy, al menos en la publicidad o
en la propaganda política, la contundencia está
en encontrar dos o tres palabras seductoras. Piénsese
en la foto de una mujer bella, de largas piernasKim
Bassinger junto a la marca de unas medias, en un émulo
de la imagen de James Dean. No creo que nadie piense que es,
por sí sola, una imagen vendedora de la marca de marras.
Asóciesele, entonces, un eslogan: «El fin justifica
las medias», y creo que podemos quitar a la Bassinger
y poner a una modelo cualquiera.
Mi generación, que vivió a
la espera del dominio del lenguaje visual, ha constatado,
con sorpresa, el regreso de la palabra escrita, y la preparación
y expectativas que durante tantos años tuvimos, nos
han servido de poco. Hoy nos encontramos en una situación
similar a la de los personajes de Proust, y necesitamos dedicar
varias horas al día a contestar la correspondencia
que nos llega en el correo electrónico. Gracias al
e-mailel único sistema de comunicación
escrito que ha superado la eficacia del correo francés
del siglo XIXun individuo normal, un ejecutivo medio,
digamos, tiene necesidad de dedicar entre una y dos horas
de su día a contestar su correspondencia. Hace tres
años, todavía, ese mismo ejecutivo podía
llamar a su secretaria y darle indicaciones para contestar
las pocas cartas que había recibido, o llamar directamente
por teléfono a los destinatarios. Hoy tiene que responder
sus cartas él mismo, pues la correspondencia electrónica
tiene ahora un ingrediente fuertemente personal. Un amigo
mío, conferenciante famoso, me dijo el otro día
que durante años había sabido que sus conferencias
eran un éxito porque el auditorio lo felicitaba al
final de sus charlas, pero que, ahora, gracias al e-mail,
recibe entre treinta y cuarenta cartas felicitándolo
por lo que dijo o pidiéndole que le aclare alguna duda
que se quedó sin resolver. Este
novedoso método de comunicación,
como ningún otro, le ha devuelto a la palabra escrita
su poder comunicativo, y aun, ha servido para romper la timidez
de algunas personas: hoy, cualquier joven accede, vía
Internet o a su correo electrónico, a insospechados
lugares que nunca se hubiera atrevido a visitar en persona.
Hay un anuncio en la televisión mexicana que describe
lo novedoso de este fenómeno: una muchacha guapísima
está en un museo, se vuelve al fondo de la sala y su
mirada se topa con la de un joven que la observa extasiado;
ella se retira coquetamente y el chico la sigue desde lejos;
se miran, se descubren a través de miradas, hasta que
se encuentran en un banco, y ella, con la misma coquetería
seductora de todo el anuncio, apunta algo en un papelito.
Corte a lo que ha escrito, y leemos su dirección de
correo electrónico. Nuevo corte a la muchacha que se
retira enfadada y una voz (con un texto sobre la pantalla)
dice: «¿Todavía no tienes e-mail? ¿Qué
esperas?»
Antes de seguir adelante, quisiera hacer
una consideración que tal vez debería haber
hecho desde el principio. Como soy escritor y editor, y disto
mucho de ser un especialista en comunicación, debo
confesar que solamente estoy tratando de reflexionar sobre
un hecho que me parece evidente: la situación en que
habíamos pensado que se iba a desarrollar la comunicación
a final del siglo esto es, del predominio de la imagen
sobre la palabra ha cambiado tan radicalmente que nos
encontramos prácticamente en el punto opuesto a donde
habíamos previsto. Mi intención, por lo tanto,
no es demostrar nada, sino ponerme a pensar en lo que está
pasando y a dónde puede conducirnos. Dice Hugo Hiriart
al iniciar su libro Sobre la naturaleza de los sueños,
que el origen natural de la filosofía, de un sistema
filosófico, es que alguien se ponga a pensar sobre
un tema determinado, y que este es un hecho que en nuestros
días parece antinatural: «En esta época
de minuciosa especialización,» asegura Hiriart,
«tal vez sea curioso para algunos asomarse a un texto
donde puede hallarse qué sucede cuando una persona
común y corriente piensa solitaria, detenida y largamente
en un asunto que le interesa.» Es lo que me ha pasado
a mí. No tengo más datos, más certezas,
que las que he venido observando conviviendo con lectores
de todo tipo, y dedicándole a la lectura la parte central
de mi vida. De ahí, que me haya atrevido a presentar
este texto, tan poco académico, y siguiendo el ejemplo
de Hugo Hiriart y otros muchos pensadores, y sin
ánimo de sacar conclusiones apresuradas, me pregunte:
¿En qué condiciones se ha presentado este regreso
de la palabra escrita?, ¿podemos asegurar, con alguna
certeza, que los hombres que estamos entrando al nuevo milenio
vamos a necesitar, como nunca en la historia de este siglo
XX, volver a dominar el lenguaje escrito y la lectura?
Obviamente, por mi oficio me interesa y me
sorprende este cambio. El medio natural de mi comunicación
es la palabra escrita y le tengo al libro un cariño
y una confianza irrestrictas, y durante muchos años
he intentado dar la batalla en defensa de la lectura y la
escritura como medios naturales del desarrollo, pero como
tantos, pensé que en esa batalla llevaba las de perder.
Sin embargo, de repente me encuentro con algo sorprendente
que parece darnos una ventaja inesperada. Muchas veces, por
ejemplo, me he preguntado: ¿por qué hay que
promocionar la lectura?, ¿por qué debe haber
animadores de lectura en las escuelas primarias?, ¿no
debería ser el hecho de leer lo suficientemente atractivo
para que cualquiera se sintiera atraído a él?,
¿no es lo que pasa con la televisión? Pero no
era así. Y digo con convicción que no era, en
pasado, así. Pues de la misma manera sorprendente,
la computadora está captando muchos más lectores
que perdiéndolos. Piénsese en el desconcertante
éxito de Amazon books. Doy un ejemplo de mi experiencia:
mis hijos ahora compran por sí mismos, y los leen,
los libros que antes yo me encargaba de comprarles. Las ventas
de lo que se llama back list en el Amazon son mayores que
nunca, y gracias a estas librerías on line, hoy volvemos
a recorrer calmadamente una librería.
No estoy tratando, repito, de sacar conclusiones
apresuradas, es muy pronto para saber a dónde vamos,
pero es innegable que algo está pasando, y uno puede
notar, en los países desarrollados (no en los que están
en vía de serlo), el aumento paulatino de lectores,
y la proliferación de nuevas formas en el comercio
de los libros. Y junto a esto, lo que es el fenómeno
más curioso, el incremento de las conversaciones por
escrito. La cantidad de usuarios que ahora hacen uso de los
chat rooms es notable. Sobre este fenómeno, la conversación
por escrito, lo que se llama un chat, me gustaría hacer
una última reflexión.
Cuando alguien sostiene un chat, lee y escucha
su propia voz, es, en cierta forma, una conversación
en silencio, consigo mismo, donde la capacidad de pensar está
mucho más alertada que las conversaciones verbales.
Me explico. Dice el doctor Sarukán, ex rector de la
Universidad Nacional de México, que solamente leyendo
y efectuando operaciones matemáticas el cerebro se
ejercita, o que ninguna otra actividad, como estas dos, echa
a andar las funciones cerebrales. Yo he repetido esta teoría
cada vez que he podido diciendo que leer es poner a las neuronas
a hacer aeróbicos. Déjenme agregar que Noam
Chomsky, en sus ensayos sobre la comprensión de la
gramática profunda, insinúa algo similar. Si
esto es cierto, el hecho mismo del chat es un ejercicio primordial,
pues la persona, primero lee y después escribe, lo
que quiere decir que está mucho más alerta,
o que su actividad cerebral es más intensa. Por otro
lado, está demostrado que la mayoría de las
personas leen con una voz interior, no precisamente en voz
alta, sino que su voz va leyendo dentro de ellas. En el chat,
entonces, la propia voz, no la del interlocutor, es la que
va siguiendo la conversación, lo que provoca que la
capacidad de asociación sea mayor, pues entran en acción
las dos formas usuales de memoria: la visual (observando la
pantalla), y la auditiva (leyendo). Pero más allá
de esto, es evidente que el tiempo que se dedica a este tipo
de conversación, es un tiempo de lectura y escritura
que antes se usaba en el teléfono.
En fin, no quisiera seguir abrumándolos
con más ejemplos. Repito, no soy especialista en el
tema y solamente, por mi cariño a la palabra, me he
detenido a reflexionar y observar este nuevo fenómeno
de lectura. Espero no estar engañándome, y que
esta aparente revitalización de la palabra escrita
nos conduzca a un mejor futuro y que, efectivamente, la lectura
juegue un mejor papel en la vida cotidiana de todos nosotros.
Sealtiel Alatriste
Alfaguara Editores