Politics
of the Hispanic Cyberspace: "Memory, Communication and
Future"
LA
SOCIEDAD DIGITAL Y EL DIÁLOGO TRANSATLÁNTICO
Juan Luis Cebrián
( Real Academia Española)
El debate sobre los nuevos medios de comunicación,
transformados a partir de la aplicación de tecnologías
avanzadas, y su influencia en la sociedad camina más
despacio que las consecuencias objetivas y evidentes, que la
llamada sociedad global de la información tiene ya para
los ciudadanos de todos los países del mundo, incluso
si muchos no son conscientes de esa influencia. La globalización,
en sus aspectos políticos económicos y sociales,
afecta a la humanidad por completo aunque, como muy bien se
ha encargado de señalar el gran pensador francés
Edgar Morin en su libro Terre-Patrie, hay quien juegue en ese
escenario el papel de víctimas y quién el de verdugos.
No participo de las discusiones aun en boga sobre si la
llegada de la sociedad digital constituye una revolución,
como tantos estudiosos y profesionales del medio anuncian, o
un importante cambio evolutivo, de consecuencias profundas pero
no estructurales. Hace ya tiempo que me apunté a la tesis
primera por razones estrictamente teóricas: la incorporación
de los sistemas técnicos digitales a la manipulación,
transporte y recepción de la información ha permitido
reducir a un solo elemento -los bites- lo que antes estaba compuesto
de elementos diferentes. Es en esa sencilla explicación
donde se resumen el carácter convergente de la nueva
cultura (textos, imágenes animadas y sonidos en continua
conspiración entre ellos) y los rasgos del nacimiento
de una nueva civilización.
Aunque gran parte de nuestra atención se centra en
estudiar cómo Internet va a influir en la vida doméstica
y social de los habitantes del milenio entrante, es preciso
señalar que la sociedad digital no se reduce a la existencia
de la red de redes, sino que constituye algo más amplio.
Los soportes digitales de información y los vehículos
que la transportan, los servidores que la almacenan y los terminales
que la transforman, son ya muy variados y todos ellos contribuyen
a ese fenómeno peculiar y novedoso de la digitalización
de nuestras vidas. Los satélites artificiales, la televisión
digital temática, los nuevos sistemas de gestión
del conocimiento, y tantas otras aportaciones tecnológicas,
configuran un mundo complejo en el que Internet, sin embargo,
constituye el paradigma, el corazón esencial de los desarrollos
del nuevo proceso.
Lo más seguro que podemos decir de Internet es que
todavía no sabemos mucho sobre ella. Pese a los miles,
decenas de miles de trabajos escritos sobre la red, las numerosas
investigaciones y simposios que en torno a la misma se desarrollan,
y el esfuerzo de organismos públicos y privados por comprender
sus posibilidades, es difícil encontrar conceptos nuevos,
ideaciones válidas, que nos permitan avanzar en los estudios
prospectivos sobre las consecuencias de la llamada sociedad
digital para el futuro de nuestra civilización. Nuestras
teorías se han ido construyendo más mediante constataciones
empíricas que por la aplicación de criterios o
principios predeterminados. Los valores antiguos han entrado
en crisis y los nuevos están por definir. Quizá
no haya llegado todavía la hora de las respuestas, y
estemos sólo en la de la formulación de las cuestiones,
pero de cuán acertados nos mostremos al plantear éstas
depende en gran medida nuestra capacidad de entendimiento del
fenómeno. Y aun no sabiendo mucho, sí podemos
decir que existe ya un elenco de definiciones o de precisiones
que perfilan las características de nuestra sociedad
digital, y que permiten suponer el carácter netamente
revolucionario de la misma, esa capacidad para promover un cambio
de civilización, a la que antes me refería.
Procuraré resumir en seis puntos algunas evidencias,
cuya asunción me parece del todo necesaria por cuantos
quieran acercarse a la comprensión del tema.
1.- La sociedad digital es global: no conoce fronteras geográficas
y temporales. Sin embargo, son todavía muchos en la industria,
en la universidad, en el comercio, en la política, en
la justicia, los que orientan su acción en la red prescindiendo
de este carácter de globalidad. Por más que las
comunidades locales o territoriales puedan beneficiarse de sus
efectos, Internet tiene un comportamiento y un destino planetarios.
2.- La sociedad digital es convergente: confluyen en ella
muchas disciplinas, tareas y especialidades del saber y el hacer
que acostumbraban a andar por separado y, antes o después,
alumbrará una nueva epistemología.
3.- La sociedad digital es interactiva: el fundamento de
su acción es el diálogo, la cooperación.
4.- La sociedad digital es caótica: no admite jerarquías
reconocidas ni se somete fácilmente a los parámetros
habituales de la autoridad.
5.- La sociedad digital es la cuna de una nueva realidad
virtual, que no es solo una realidad imaginada o representada.
6.- La sociedad digital es rauda: se desarrolla de forma
casi autónoma a gran rapidez, y ha desbordado todas las
previsiones sobre su crecimiento.
La comprensión de la nueva cultura parte necesariamente
desde estos principios; olvidar cualquiera de ellos es estar
condenado al fracaso pero, obviamente, no se agota ahí,
sino que a partir de los mismos es necesario, y me atrevería
a decir que urgente, continuar elaborando, estudiando, investigando,
cuestionándose el futuro, para lo que es preciso, primero,
una adecuada descripción del presente.
Si esa descripción es estadística, los datos
nos hablan de una situación extremadamente preocupante
en algunos aspectos. La implantación de la sociedad digital
está ligada íntimamente a la densidad de las redes
telefónicas y el tráfico mundial de las telecomunicaciones.
Sin embargo, más del ochenta por ciento del mismo se
encuentra concentrado entre los Estados Unidos (más Canadá),
la Unión Europea, Japón y Australia. De los probables
más de doscientos millones de internautas que hoy operan
en el mundo, más de la mitad son norteamericanos, y hay
regiones enteras del planeta, fundamentalmente África,
pero también grandes extensiones de Asia, América
Latina y la región euroasiática que viven al margen
de esta revolución, más preocupados sin duda por
aquellas otras que permitan comer a la población y protegerse
contra las inclemencias del tiempo y las de los regímenes
tiránicos que las oprimen. Internet es, desde ese punto
de vista, una revolución de los ricos, un fenómeno
que si no es manejado adecuadamente por las autoridades políticas
y las fuerzas sociales puede contribuir a agrandar las distancias
entre regiones, países y ciudadanos pobres e ignorantes
respecto a aquellas otras que tienen el control del dinero y
el conocimiento. Pero también ofrece posibilidades, hasta
ahora difíciles de imaginar, que permiten proporcionar
un impulso acelerado al desarrollo de esas zonas o clases deprimidas.
Aunque no creo en la neutralidad de las tecnologías,
y me resulta arduo aceptar que su bondad o maldad se derive
exclusivamente del uso que el hombre haga de ellas, para nada
me apunto tampoco a las quejas de los nuevos luditas digitales.
En el progreso científico y tecnológico se encuentran
muchas de las respuestas a la búsqueda desesperada de
felicidad, o de simple calma, en que miles de millones de seres
humanos se hallan empeñados. Internet y la sociedad digital
permiten imaginar perspectivas hasta ahora no soñadas
en lo que se refiere al intercambio de saberes, el diálogo
entre las culturas y la convergencia de las civilizaciones,
en lo que podríamos describir como una conciencia planetaria,
una especie de ética universal, necesaria si se quiere
efectivamente ayudar los desposeídos de la Tierra, devolverles
la soberanía sobre su propio ser.
No cabe la más mínima duda sobre el hecho
de que, siendo Internet un fenómeno intrínsecamente
interactivo y global, las nuevas tecnologías afectarán
sobremanera al diálogo trasatlántico en todos
sus perfiles: en la economía, singularmente en la financiera,
pero también, y hasta niveles ahora insospechados, en
la productiva, en la educación, en el intercambio entre
las personas, en la difusión de noticias e informaciones,
en el entretenimiento
Por una parte, la sociedad digital
potenciará, quizá hasta el paroxismo, el fenómeno
global que ya veníamos percibiendo en muchos aspectos
de nuestra vida, como la alimentación, la moda, la motorización
o el ocio. Por otra, contribuirá a la invención
y descubrimiento de fenómenos hasta ahora desconocidos,
directamente ligados al progreso de la realidad virtual.
Conviene de todas formas aclarar qué entendemos por
diálogo trasatlántico y definirnos sobre cómo
la sociedad global habrá de organizarse por regiones
geográficas o culturales. Las fronteras virtuales serán
siempre difusas, incoherentes, paradójicas, movibles.
Las comunidades virtuales se vincularán mediante lazos
novedosos, transgresores, pero también recuperarán
y potenciarán signos de identidad tradicionales. El papel
de la lengua, como vehículo de comunicación y
sistema de autoidentificación individual y social, se
verá potenciado. El diálogo trasatlántico,
en la medida en que es precisamente diálogo, conversación,
interconexión, intercambio, se verá profundamente
afectado por ello.
Soy de los que piensa, con Jorge Luis Borges, que América
es una Europa echada a navegar, pero desde que Internet existe
navegantes somos todos y, como he tenido ocasión de explicar
en alguno de mis libros, parecemos felizmente condenados a la
existencia de los argonautas: navegar es preciso, vivir no lo
es tanto. El diálogo trasatlántico se tiene que
construir, desde ahora más que nunca, en torno a un triángulo
flexible -más amplio y menos misterioso que el de la
Bermudas- cuyos vértices iniciales serían Europa,
Estados Unidos y América Latina, y en el que se inscribe
otra forma poliédrica definida por el uso del castellano
y las raíces históricas y culturales que ello
implica. Déjenme que me extienda un poco sobre este punto.
La relativa vecindad de las elecciones presidenciales estadounidenses
y el aumento de la minoría hispana en este país
han puesto lo latino de moda. El desarrollo y expansión
de este fenómeno a través de manifestaciones fácilmente
universalizables -y por lo tanto globales- como la música,
es evidente. Mucho menos lo es, sin embargo, en otras expresiones
colectivas e individuales que deberían permitir la autoidentificación
de esa minoría como tal. La comunidad mexicano-americana
de un lado, la cubana de otro, y la puertorriqueña o
dominicana, por último, aparecen fraccionadas entre sí,
relacionadas con sus respectivos lugares de origen, y en gran
medida desarraigadas de la actual comunidad norteamericana.
Mientras que la minoría negra encontró medios
de aglutinamiento y motivos de autoestima en la identificación
de esas raíces culturales e históricas, y a partir
de ahí puede decirse que comenzó una nueva era
para la gente de color estadounidense, lo latino sigue siendo
un concepto confuso, ambiguo y no absolutamente asimilado, pero
nadie puede negar, sin embargo, que describe una realidad poderosa
y pujante. No es cuestión que afecte solo, ni primordialmente,
a los Estados Unidos. El propio concepto de Latinoamérica,
tan extendido en el lenguaje común, y tan ligado a las
representaciones y ensoñaciones revolucionarias de los
años sesenta, difícilmente es identificable en
el sentir y comportamiento colectivos de muchos de los pueblos
que la integran. A Jesús Polanco, doctor honoris causa
por esta universidad de Brown, presidente del grupo de empresa
culturales en el que yo mismo me desempeño como consejero
delegado, importante editor español y, por supuesto,
amigo mío, le he oído muchas veces decir que América
Latina, contra lo que muchos creen, no es un continente, sino
en todo caso un archipiélago. Él tiene autoridad
y experiencia suficientes en la materia, pues se trata de uno
de los editores más importantes de libros para escolares
en todos los países del área, y el más
importante de todos en la propia España. Yo me permito
añadir que esta consideración de archipiélago
es desde luego una buena noticia en tiempos de la navegación
universal de Internet. Como aficionado a la mar, siempre he
sido de los que piensan que ésta une muchas veces más
que separa, a condición, naturalmente, de que se sepa
y se quiera navegar por ella.
En el archipiélago latinoamericano el conjunto de
islas mayores que supone la comunidad hispana de los Estados
Unidos comienza a ser tan relevante -en algunos aspectos, más-
como los grandes países (México, Argentina, Colombia)
y Brasil emerge como potencia formidable -siempre lo fue- que
acaba de decretar la cooficialidad del español. La comunidad
trasatlántica de habla hispana es mucho más que
una entelequia o que el fruto de la retórica -aunque
la retórica y la liturgia siguen siendo importantes en
las manifestaciones humanas. La red puede y debe ser el vehículo
preferente que logre aglutinarla.
Cuestión diferente, aunque íntimamente relacionada
con esta, es la de las raíces, culturales, históricas
o de cualquier otro género de la comunidad latina o hispana
en los Estados Unidos. Es preciso que la sociedad hispanohablante
mundial contribuya a ese esfuerzo de búsqueda y solidaridad,
de forma que los ya casi cuarenta millones de norteamericanos
que pueden integrarse en esa primera minoría encuentren
códigos de identificación que les permitan aunar
conciencias y esfuerzos. Pocos norteamericanos, y casi ninguno
de mis compatriotas, saben que la primera ciudad fundada por
europeos en su país fue San Agustín, en la Florida,
establecida por los españoles mucho antes de que desembarcaran
los inmigrantes del Mayflower, las gesta de la conquista y colonización
de California está en gran parte por divulgar, y las
correrías de Hernando de Soto por el sureste del país
son un relato reservado para historiadores o entendidos. Incluso
la presencia cubana en Tampa, muy anterior al exilio provocado
por Fidel Castro, e íntimamente relacionada con el rechazo
de un sector de la alta burguesía a la dominación
española en Cuba, apenas es valorada en su debida dimensión
por lo actuales habitantes de Florida. Con todo esto, quiero
significar que los latinos o hispanos norteamericanos tienen
una raíces históricas, culturales y lingüísticas
que van mucho más allá, directa o indirectamente,
de la apurada aventura de los espaldas mojadas, el exilio anticastrista
o la inmigración reciente desde Puerto Rico. Devolver
a esta comunidad hispana el orgullo de serlo, no en tanto que
refugiados o fugitivos, sino en tanto que fundadores, también
ellos, de la nación americana, sería una forma
de contribuir a poner en valor su condición latina, que
no es algo ajeno, marginal o prestado al ser de Norteamérica,
sino que está presente desde los albores de su fundación
como estado moderno.
El carácter global de la red, decía antes,
facilitará felizmente el diálogo entre los vértices
del triángulo euroamericano y los del poliedro hispánico.
Pero para que eso suceda es preciso, primero, un desarrollo
adecuado de las infraestructuras. Me refiero, desde luego a
las demandas técnicas, como el despliegue de redes o
distribución de terminales, pero también a otro
tipo de requerimientos más difíciles y costosos
de atender. Cuando hablamos de la necesidad de garantizar un
fácil acceso a la utilización de la red no nos
referimos solo al acceso estrictamente físico o tecnológico,
aunque este sea imprescindible, sino a la capacidad de manejo
y comprensión de los nuevos sistemas por parte de los
usuarios. La alta concentración de infraestructuras técnicas
y de know-how operacional que existe en Estados Unidos descompensa
formidablemente, hoy por hoy, la circulación de ideas,
conocimientos e información a través de este sistema
que se autodefine como planetario. Los países de América
Latina y no pocos de los europeos -no tan avanzados como algunos
suponen o presumen- han de hacer un esfuerzo titánico
en la instalación de infraestructuras de tecnología
avanzada y en la formación adecuada de los usuarios destinados
a servirse de ellas. El peculiar comportamiento del mercado,
dispuesto siempre a realizar más y más inversiones
productivas o financieras allí precisamente donde ya
sobran, no servirá para corregir los desequilibrios en
este aspecto. En un momento en que todo parece conspirar contra
la supervivencia del Estado nación tal y como lo hemos
conocido y en el que el papel de lo público perece a
manos de un neoconservadurismo exacerbado, y un poco naïf
cuando no resulta definitivamente culpable, es preciso reivindicar
desde el principio de subsidiariedad la necesaria intervención
pública que permita no solo evitar que se ensanchen las
diferencias entre zonas desarrolladas y menos desarrolladas
del globo sino, sobre todo, de procurar que se achiquen las
distancias. Sin un esfuerzo conjunto que aúne los intereses
de las empresas privadas y los representantes políticos,
será imposible que tal cosa suceda.
Por otra parte, aunque el crecimiento de la red es en gran
medida autónomo y desordenado -de caótico lo hemos
definido antes-, no es absolutamente incontrolable, sobre todo
a la hora de ayudar su alumbramiento. Enseñanza y sanidad,
junto a las demandas de las pequeñas y medianas empresas,
deben recibir atención prioritaria de cuantos planes
se hagan al respecto. La creación de comunidades virtuales
entre universidades latinas es ya una realidad incipiente que
se produce a ambas orillas del atlántico. La experiencia
debe ampliarse al nivel del segundo grado, con la implantación
de bachilleratos virtuales interactivos y, sobre todo, con la
elaboración y puesta en marcha de planes de formación
del profesorado a fin de que este aprenda no solo a servirse
de la tecnología, sino, sobre todo, a cambiar su mentalidad.
La sociedad digital implica una revolución del pensamiento,
un cambio de punto de vista, desde luego, pero no solo eso sino
una nueva weltanschaung, una concepción del mundo novedosa
y diferente a cuantas habíamos conocido. Si los maestros,
los profesores, los empresarios, los líderes sociales
no aprenden esto, no lo incorporan a su comportamiento y lo
interiorizan -como ahora se dice-, las posibilidades de expansión
de las nuevas tecnologías se verán limitadas,
crecerá el riesgo de los desequilibrios regionales y
aumentará el bagaje mundial de las injusticias. Esto
que digo no solo vale para la comparación obvia entre
países ricos y pobres, sino entre zonas o clases de un
mismo país, de una misma comunidad política. En
los propios Estados Unidos de América hay todavía
millones -en plural- de ciudadanos que no tiene teléfono
ni fácil acceso a él. Obligación nuestra
es que la comunidad latina o hispanohablante no se vea castigada
también en eso por las estadísticas. Por lo demás,
no se insistirá bastante en que no se trata de enseñar
tecnología a la gente, no se trata de convertir a nuestros
maestros en unos expertos en tecnología, sino de ayudarles
a servirse de ella para la enseñanza y la ilustración
de los demás. Los sistemas de educación reglada
-cualquiera que sea el nivel en que se impartan- están
llamados a experimentar profundas transformaciones en un futuro
próximo, y la comunidad de docente ha de estar preparada
para interpretar y conducir adecuadamente los cambios.
Permítanme, por último, retornar a la cuestión
lingüística, tan irremediablemente unida al concepto
de la comunidad hispánica. Demasiadas veces he insistido
ya en que, pese todas sus obvias contradicciones, la sociedad
global de la comunicación conduce a una formidable homogeneización
cultural con la que convivirán, de forma paradójica
y bastante azarosa, identidades, tradiciones, sensibilidades
y expresiones locales, que multiplicarán su presencia.
El resultado final será una igualación progresiva,
y quizás abrasiva, de saberes y valores. La expresión
lingüística se verá fundamentalmente afectada
por la extensión del inglés, que ocupa hoy entre
un setenta y cinco y un ochenta por ciento de los intercambios
en la red. Cualquier ciudadano que quiera ejercer plenamente
sus derechos como tal tendrá necesidad de un cierto dominio
funcional de este idioma. Pero la fuerza expansiva del castellano
se pone de relieve ante nuestros ojos día a día.
Es difícil pronosticar si Internet será finalmente
bilingüe en los Estados Unidos pero, si llega a serlo,
hablará el español como segunda lengua.
Quienes creemos que el castellano simboliza y encarna la
raíz cultural e histórica de la comunidad hispánica,
y conocemos y promovemos la fuerza de su unidad lingüística,
debemos esforzarnos por proveer a la red de contenidos en español.
El reciente acuerdo entre Microsoft y la Real Academia Española,
en representación de todas las academias de la lengua
de América Latina, se orienta precisamente a procurar
y potenciar dicha unidad lingüística frente a la
amenaza de corrosión y dispersión que en este
sentido puede suponer la aplicación de las nuevas tecnologías.
El diálogo latino trasatlántico se verá
indudablemente beneficiado por ello. Una lengua común
es una historia común, una cultura, unos orígenes
y un destino comunes. Y un instrumento incalculablemente valioso
para fomentar la comprensión y el entendimiento mutuos,
el desarrollo intelectual y el progreso científico, única
forma de liberar a los pueblos de la opresión, la miseria
y la ignorancia, y de no sucumbir al terrible diagnóstico
de Rousseau: "los esclavos pierden todo en sus cadenas,
incluso el deseo de liberarse de ellas."
Juan Luis Cebrián
Real Academia Española