Politics
of the Hispanic Cyberspace: "Memory, Communication and
Future"
EL ESPAÑOL,
LA RED Y LA UNIVERSIDAD
José Luis Vega
(Decano de la Facultad de Humanidades
de la Universidad de Puerto Rico /
Director de la Academia Puertorriqueña de la
Lengua Española)
En el monasterio de San Millán de
la Cogolla, hace mil años, a un monje, movido por la
fuerza de la espontaneidad que el uso impone, se le ocurrió
escribir, al margen de un manuscrito latino, unas cuantas
palabras que hoy consignan el balbuciente nacimiento de la
lengua española. Al amparo de los muros recios y neblinosos
de aquel monasterio, declarado por la UNESCO recientemente
Patrimonio de la Humanidad, se reunieron el 8 de octubre del
año en curso [1999], en sesión extraordinaria
de la Real Academia Española, los Directores y Presidentes
de las veintidós Corporaciones correspondientes de
Hispanoamérica, Estados Unidos y las Filipinas para
presentar y sancionar oficialmente en España la nueva
Ortografía de la lengua española. El volumen,
editado por Espasa, recoge, ordena y explica de manera sencilla
y eficaz las normas vivas del español escrito. Su novedad
mayor consiste en ser el fruto del consenso y del trabajo
compartido de todas las Academias de la Lengua Española
repartidas por cuatro continentes. Expresa la voluntad de
acordar una forma común de representar mediante la
escritura la lengua que hablamos más de 400 millones
de personas. Así considerado, la conservación
de la h etimológica, aunque ya no suene, o la retención
de la z de zapato y la c de cielo y celo, a pesar de que la
mayoría de los hablantes del español seseamos,
no manifiesta una imposición castellanizante ni un
gesto de neocolonialismo cultural, sino el convencimiento
lúcido de lo conveniente que resulta, para todos, garantizar
la unidad del español escrito. Contrario a la tendencia
secesionista del portugués de Brasil frente al de Portugal
o al espíritu que anima algunas polémicas ortográficas
en el seno del francés y del alemán actuales,
el español de hoy se reafirma, sin grandes aspavientos,
en el bien común de la unidad de la lengua escrita,
sin desmedro de su evidente riqueza dialectal.
También por los primeros días
del pasado mes de octubre se presentó en Madrid, con
mucha resonancia, el Diccionario del español actual.
Sus autores, Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos,
recogen 141,000 entradas y unas 200,000 citas que procuran
reflejar el español vivo en España y América.
Fueron treinta años de ardua labor en los que se hizo
tabula rasa de los diccionarios previos para acudir, sobre
todo, a fuentes periodísticas y a los discursos políticos
en un afán por reflejar la lengua en plenitud de realidad.
Paradójicamente, en esta aventura lexicográfica
finisecular, no se usó el ordenador.
En las postrimerías del mismo mes
de octubre, otro hecho vinculado al idioma se registró
en España: la publicación de la Gramática
descriptiva de la lengua española, coordinada por Ignacio
Bosque y Violeta Demonte. Es una especie de hipertexto gramatical
en el cual una red de subtextos y referencias cruzadas iluminan
pragmáticamente la estructura de la lengua española,
conforme a las descripciones de más de setenta lingüistas
y gramáticos del viejo y del nuevo mundo.
Si consideramos que los tres eventos bibliográficos
consignados han alcanzado destacada cobertura periodística
y notable éxito de venta; que el español es
una lengua hablada, como queda dicho, por unos 400 millones
de personas; que en el año 2004 los hispanos serán
el segmento poblacional minoritario más grande en los
Estados Unidos; que en cincuenta años la mitad de la
población de ese país será de ascendencia
hispánica; que el español, por decreto legal,
ha pasado a ser la segunda lengua en Brasil, no podemos menos
que advertir la potencial relevancia del español a
las puertas del nuevo milenio. Bill Gates, que no por tonto
es el hombre más rico del planeta, firmó también
en los días finales del emblemático octubre
de l999- un acuerdo con la Real Academia de la Lengua Española
en virtud del cual los recursos informáticos de la
Academia y su Diccionario, cuya próxima edición
debe aparecer en el 2001, revisado con el concurso de
las veintidós Academias de la Lengua constituirán
la plataforma lingüística de todos los productos
de la empresa Microsoft dirigidos al mercado hispánico.
Así las cosas parece que el español se apresta,
en el siglo XXI, a la reconquista de buena parte de los inmensos
territorios virtuales de la red informática ocupados
hasta ahora, casi exclusivamente, por la lengua inglesa.
No imaginó aquel monje remoto de San
Millán de la Cogolla que las cuarenta y cuatro palabras,
algunas repetidas, con las que glosó, casi en español,
la última frase latina de un sermón de San Agustín,
vendrían, al cabo de mil años, a multiplicarse
veloces por los infinitos códices de la Internet. Plantado
ya en su segundo milenio, el español reafirma su prestigio
de lengua moderna y dinámica, apta para lo que haya
menester: la poesía, las ciencias, la economía
y la tecnología.
Para esta empresa España está
contando con las antiguas colonias en calidad de socios. Antes
que una guerra cultural, quiero pensar que nos aproximamos
a un futuro de influencias recíprocas y transnacionales.
Paradójicamente, en tal contexto, los valores nacionales
y la diversidad adquieren creciente importancia. Aceptar,
con irremediable resignación, que el inglés
es y será la lengua franca de la Internet sólo
significará, a la postre, empobrecimiento económico
y cultural tanto para el mundo hispánico como para
el angloparlante.
Las universidades de ambos continentes tienen
mucho que aportar en la construcción de las nuevas
interacciones tecnológicas y culturales. En los años
recientes las instituciones de enseñanza superior han
invertido grandes empeños y recursos en la puesta al
día de su infraestructura tecnológica; también
en la preparación de sus profesores y estudiantes para
el mejor aprovechamiento y aplicación de las posibilidades
de la comunicación electrónica. Pero junto con
estos esfuerzos prácticos, las universidades están
llamadas a promover la reflexión y la investigación
sobre las implicaciones éticas, políticas y
económicas de la llamada revolución cibernética.
La Internet, ya lo sabemos, es también un asunto de
poder que apareja preguntas necesarias. ¿Quién
gobernará la información en los próximos
años: nosotros, los gobiernos, las corporaciones? ¿En
qué medida nos liberará la Internet de los intermediarios
tradicionales, de los maestros, de los editores, de los funcionarios
electos o designados, de los agentes de bienes e inversiones,
entre otros? ¿O antes bien, la Red informática
mundial contribuirá a crear nuevas formas de intermediación
y dependencia? ¿En verdad, como se alega, está
la internet poniéndonos a cargo de los asuntos importantes
de la vida social o, por el contrario, está contribuyendo
al aislamiento creciente de miles de personas en nichos electrónicos
apartados del tejido comunitario real? ¿Cómo
lidiar con la injusta distribución entre países
y aun entre regiones e individuos de un mismo país
de la información y de los recursos tecnológicos
que la transmiten? ¿Cómo enfrentar el poder
espeluznante de las corporaciones multinacionales que restringen
y manipulan los contenidos en línea, imponen sus propios
códigos y lenguajes o, sencillamente, acumulan y venden,
sin consentimiento, nuestros datos vitales?
Estas preguntas sencillas, como todas las
fundamentales, implican respuestas arduas y complejas. Su
atención requerirá de una nueva clase intelectual,
tal vez del surgimiento de una nueva disciplina transdisiciplinaria:
la crítica tecnológica. Contrario al discurso
humanista tradicional tan desconfiado y descreído de
la tecnología, el nuevo crítico tecnológico
será, por su puesto, un amante de cibernética
por las mismas razones que el crítico de música
es melómano. Tal aceptación, sin embargo, no
lo exime de responsabilidad. Al fin y al cabo, algunas de
las grandes preguntas de la nueva disciplina, como hemos visto,
conciernen a la libertad y a la justicia. En tal contexto
y, aun en un mundo que se finge globalizado, el idioma y lugar
desde donde se formulen y se contesten no resulta indiferentes.
José Luis Vega
Universidad de Puerto Rico
Academia Puertorriqueña de la Lengua Española